...creíamos que se habían extinguido. Pero aún están aqui. Nos vamos a dormir, despertamos, y siguen ahí. Salimos a la calle y hacemos como que no los vemos, pero si no andamos con cuidado, nos aplastan. Nos concentramos en nuestro trabajo para olvidar que están ahí, pero sus pisadas nos hacen temblar, su hedor nos obliga a contener la respiración y siempre estamos prestos a salir corriendo para no ser arrollados. Leemos el periódico y las noticias protagonizadas por dinosaurios poderosos, arrogantes, autosatisfechos, arteros y violentos nos atragantan el café y las reseñas sobre las hazañas de los cachorros de dinosaurio nos anuncian que la era del homo sapiens aún va a tardar en llegar.
No es tan sorprendente: los dinosaurios han demostrado una capacidad de adaptación casi humana (o quizá superior) sin renunciar a su esencia, a sus escamas, a su fuerza bruta. No hay ecosistema sin su especie de dinosaurio, pero justamente en aquellos ambientes que juzgaríamos menos propicios para ellos (gobiernos, universidades, consejos de administración, juzgados...) es, en nuestro país, donde se vuelven especies dominantes y ocupan la cúspide de la pirámide alimenticia. Es ahí donde han cavado más profundamente sus guaridas y donde procrean sin tregua ni vergüenza, formando grupos (¿manadas?, ¿tribus?, ¿clanes?) entre los cuales las otras especies se mueven aterrorizadas hasta que son expulsadas.
Es imposible no verlos, pero de tanto hacerlo, a veces nos acostumbramos y perdemos conciencia del peligro o, aún peor, nos convertimos en sus parásitos, que sobreviven de sus migajas, de la carroña que dejan o de la hierba que no han aplastado. Mi especie siempre está hablando de dignidad (ya nadie habla de honor, debe de ser mucho pedir) pero
muchos de los individuos que la componen acaban adaptándose a estos indignos nichos ecológicos para sobrevivir. Yo creo que no se puede intentar sobrevivir de cualquier manera ni a cualquier precio. A lo mejor no he corrido suficiente peligro. Quizá no debo de juzgar con demasiada dureza a los que viven de comer lo que extraen de entre los dientes de los dinosaurios más feroces. Pero creo que no hay que rendirse ante ellos, al menos sin resistirse. Y para resistirse, hay que conocerlos y saber reconocerlos.
Os voy a hablar de esos dinosaurios que nos rodean. Os los describiré para que podáis reconocerlos antes de que se acerquen mucho. No sé si va a servir de algo, porque son tantos... Sólo espero no morir aplastado sin haber acabado esta misión que me he impuesto.
domingo, 8 de febrero de 2009
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)