Hoy voy a meter una cuña del presente en esta historia porque no
quiero dejar pasar la oportunidad de comentaros un reciente artículo
publicado en las páginas de opinión de EL PAÍS (Tribuna "Los filólogos
en su limbo", del lunes 26 de Octubre del 2009) porque en él se ven
claramente huellas recientes de dinosaurios universitarios vivos en la
actualidad y no quisiera que el lector de este blog pensase que cuando
hablo de dinosaurios universitarios me estoy refiriendo a un pasado
remoto y ya superado.
El artículo, que se puede leer aquí, que es una reivindicación de la
filología, de su estudio, de su enseñanza, y de la investigación en
la misma, contra los que no tengo nada, está escrito por una catedrática
emérita de Filología
Latina. El calificativo "emérita" nos es familiar del veneciasaurio y
ha de ponernos en guardia porque, aunque de momento sólo hemos visto
un caso de dinosaurio universitario emérito, no es, ni mucho menos el
único. Éste es un letrasaurio. Pero también, y sobre todo, un emeritosaurio.
Y es que la figura de catedrático universitario emérito se ha
pervertido hasta niveles obscenos, que no son sino reflejo de la
perversión de la universidad. Creada para evitar que buenos profesores
en activo, que aún tenían mucho que aportar a las nuevas generaciones,
desapareciesen de las facultadoes con la jubiliación, la "emeritez" se
ha convertido, en términos estadísticos (excepciones hay) en una
manera de mantener el poder y el poder adquisitivo (considerablemente
mayor con el salario que con la pensión). Los requisitos que los
candidatos a ser eméritos han de cumplir son muy poco exigentes como
haber dirigido 3 tesis doctorales (¡en 35 años!). Así nos encontramos
con catedrátios eméritos de CC ... (e, incluso, académicos) que apenas
suman 24 publicaciones y algo menos de 100 citas en 30 años de
carrera, algo que no les permitiría, hoy en día, aspirar a una plaza
de Científico Titular en el CSIC. Habría que preguntarse por qué los
hicieron eméritos y si sus universidades no habrían ganado más
permitiendo que se jubilaran y contratando a uno de tantos jóvenes
brillantes que están en el extranjero. La respuesta a todas estas
preguntas está en la etología de los dinosaurios universitarios y en
la formación de clanes alrededor de machos dominantes.
Pero volvamos al artículo. A medio camino del final, se puede leer:
"Ése es el núcleo de la cuestión: la ciencia es útil; las Humanidades
no son ciencia, ergo, las Humanidades son inútiles. Este es un
silogismo simple que cumple todos los requisitos exigibles para ser
válido [...]" (N.B.: Humanidades lleva mayúscula, pero ciencia no.)
Y ése es, en verdad, el núcleo de la cuestión: que una catedrática de
Filología Latina no sea capaz de distinguir un razonamiento válido (un
silogismo) de uno que no lo es. Porque su "silogismo" es tan válido
como éstos: "Mis silogismos son válidos. El silogismo de la autora no
es mío, ergo, no es válido". "Mi padre es un ser humano. La autora
del silogismo no es mi padre, ergo, no es un ser humano".
Ha habido más lectores que han pensado lo mismo (mi carta, un poco más
aresiva, no se publicó).
Es lamentable, pero no excepcional ni sorprendente porque las
"humanidades" (las "ciencias" deben de ser propias de animales o
alienígenas, pero no de seres humanos) son, en España, sobre todo un
lugar de refugio para aquéllos que no han podido superar las
matemáticas en la secundaria, no un lugar para aquéllos a quienes de
verdad gusta más el arte, la historia o la literatura. Éstas, y la
música (que casi nunca se incluye entre las humanidades, y ya
Pitágoras sabía por qué y es que exige saber sumar fracciones) cuentan
con tantos o más amantes entre los científicos que entre los
"humanistas", que no se parecen en absoluto a los grandes humanistas
del Renacimiento, como los filósofos de ahora en general no se parecen
a los de la antigüedad ni a los del Renacimiento ni a los de muchas
otras épocas, que sabían y apreciaban, matemáticas y física y en
general entendían de verdad de todo aquello que constituía el saber de
su época y no se veían a sí mismos como deshumanizados").
La falsa y forzada división entre letras y ciencias en España es otra
muestra de nuestro atraso y de nuestro fracaso educativo, que no es de
hoy (o sí, porque hace 70 años la mayoría de la población no iba a la
escuela).
Está claro que la "emeritez", como la "experiencia" no garantizan
nada. Más bien, a menudo, son síntomas de la condición de dinosaurio
universitario. ¿Habrá alguien que se atreva a limpiar de dinosaurios
nuestras universidades? Desde luego, las ministras-dinosaurio o el
ministro-ex-rector-dinosaurio, no. Esta misma pregunta, de forma más
suave, y sugieriendo que sólo afecta a una muy pequeña minoría,se la
hace hoy 9 de Noviembre en otra Tribuna de EL PAÍS titulada
"¿Qué hacemos con los malos profesores?" Francisco Michavila.
El artículo no está mal, pero lo curioso es que el autor no proponga ni
una sola respuesta a la pregunta que formula. Quizá
no se atreva. A pesar de ser crítico, el artículo tiene un cierto
tufillo corporativista porque las críticas son excesivamente suaves.
lunes, 9 de noviembre de 2009
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